Manteniendo un Diario, escribiendo una carta de amor

por: Father Matthew Linn

Por muchos años asistí a talleres sobre cómo mantener un diario de oración y siempre estuve convencido del valor de mantener este diario para enfocar mi vida interior. Pero a pesar de eso, fueron muy pocas las veces que mantuve un diario. Cuando llegaba la hora para escribir en el diario al final del día, me encontraba muy cansado para un ejercicio que me parecía casi una asignación escolar. Y aún cuando trataba, era muy poco lo que conseguía escribir.

Pero un mes más tarde, me encontré deseando haber anotado una inspiración o experiencia conmovedora, en vez de haberla dejado ir sin haber sacado provecho de ella. Entonces me encontré sorprendido de cómo otros podían hablar de lo que sus experiencias le enseñaban, mientras que yo pasaba tanto trabajo recordando aún vagamente las cosas me habían sucedido. Mientras mis amigos reflexionaban y se convertían en personas con experiencia, yo solamente tenía algunas experiencias para recordar.

Luego, en otro momento, encontré que disfrutaba mucho escribiendo cartas a mis amigos. En ellas les hablaba de lo que estaba ocurriendo en mi vida y lo que esas cosas significaban para mí. Y encontré que mientras más amaba a una persona, no sólo sentía el deseo de compartir más de mí mismo y de lo que estaba viviendo, sino también cómo me sentía sobre eso. Entonces comprendí que lo que no podía hacer en mi diario, lo estaba haciendo en mis cartas. Más aún, no lo sentía como trabajo, sino como algo que disfrutaba.

Por ejemplo, yo nunca podía llevar a mi diario lo que mis votos religiosos significaban para mí, sin embargo, me encontré escribiendo cuatro páginas a un amigo que me preguntó ¿por qué quería hacer votos finales? Es cierto que mi carta estaba llena de errores y pensamientos a medias, porque fue escrita tarde en la noche, con mi corazón más que con mi cabeza… ¡pero por eso era tan especial!

Después de esa carta fue que descubrí un nuevo crecimiento dentro de mí: mayor gratitud y compromiso hacia mi vocación jesuita, un nuevo deseo de servir al pobre y no sólo a aquellos que eran agradecidos, una confianza profunda en permitirle Dios trabajar a través de mi pobreza, un deseo de crecer en el amor célibe que trata a todos como una familia, y estar más abierto a recibir el amor que me hacía más agradecido de lo que sé estaba dando en esos momento. Crecí más por esa sola carta que por cualquier otra cosa que hice ese año, y de cierta forma, estaba iniciando un diario. El amor que sentía por mi amigo me llevó a compartir con él mi corazón, por eso, ya no me fijaba en cómo deletreaba las palabras o expresaba las ideas, sino que me enfocaba en contarle esas cosas que pasaban en mi vida y a través de ellas, como me sentía.

Así es que comencé a mantener un diario a través de mis cartas, particularmente cartas de navidad donde compartía el año completo. No podía escribir una carta con los acontecimientos del año que había pasado sin tomarme el tiempo de reflexionar y recordar todo el amor que me inspiraba ese amigo a quien le escribía. Entonces, comenzaba a recordar las cosas que quería compartirle. Recordaba algunos de los buenos momentos que habíamos vivido juntos, y pronto encontraba mi pluma corriendo. Y según terminaba la carta, yo podía adivinar cómo mi amigo me contestaría, porque sabía que él también me respondería con lo más profundo de su corazón. Y mientras más grande era mi amor por esa persona, más fácil se me hacía adivinar su respuesta.

De pronto encontré que podía hacer esto mismo en oración con Jesús. Me relajaba en su presencia y recordaba algún momento en que había experimentado su amor de forma especial. Frecuentemente era algo que había sucedido durante el día y por lo estaba profundamente agradecido. Y entonces comenzaba a escribir una palabra de agradecimiento, seguida de todas aquellas cosas que quería compartir con Él. No tenía que estar escrito en oraciones completas porque Jesús comprende aún una sola palabra, pero las oraciones me ayudaban a clarificar lo que realmente quería contarle. Usualmente le decía lo que sentía en mi corazón y aquellas cosas que más deseaba. Luego escribía mi nombre… seguido por lo que Jesús me diría en respuesta a mi carta. Así como adivinaba lo que mi amigo escribiría, así también imaginaba lo que Jesús me estaba contestando.

¿Pero es realmente Jesús, o es sólo mi imaginación contestándome a mí mismo? El día que me hice esta pregunta pensé que cualquier palabra que me hace sentir con más fuerza Su amor, tiene que ser realmente la voz de Jesús. Y si puedo escribir una carta de amor a Jesús es sólo porque he escuchado su voz en la carta que ya Él me ha escrito a mí. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Juan 4, 10). Mantener un diario es simplemente eso, escribir una carta de amor a Jesús y escuchar Su voz en la carta que ya Él nos ha escrito primero.

Mientras más amor pongo en mis cartas, más podré oír lo que Jesús me dice, porque el amor hace que el corazón se esfuerce en oírlo todo. ¿Quién es el primero que escucha a un bebé cuando llora en la noche? Usualmente, quien más preocupado está por el bebé estará durmiendo un sueño más ligero y estará menos propenso a voltearse para seguir durmiendo. Una madre amorosa oirá el llanto de su bebé y sabrá inmediatamente si el bebé tiene hambre, está mojado, cansado, con miedo, con frío o en peligro.

El amor abre los oídos del corazón para que pueda oír lo que otros ignoran y para darle sentido de lo que otros pueden considerar una necedad. Mientras más profundo es nuestro amor por Jesús – como el amor de una madre por su bebé – más fuerte escucharemos Su voz y más fácilmente la comprenderemos. Así que cuándo me pregunto si es en realidad Jesús o sólo mi propia imaginación contestándome, puedo preguntarme: ¿Me siento qué soy más amado por Jesús, y qué tengo por Él un amor tan profundo como el de una madre por su niño? Mientras más puedo dar y recibir amor a Jesús y a otros, más he podido escuchar su voz.

A continuación hay unas instrucciones que te pueden ayudar a mantener tu diario, escribiendo una carta de amor a Jesús… y a recibir la carta que Él te escribió en respuesta. Pero recuerda que mantener un diario no depende de la mejor técnica de escribir, sino de descubrir que Jesús es el mejor Amigo que podemos tener.

Instrucciones:

  • Al escribir tu diario, cuéntale a Jesús las veces que durante tu oración o durante el día experimentaste mayor lucha o crecimiento espiritual.
  • Escribe en tu diario cómo Jesús te responde (lo que parece hacer o decir en respuesta a lo que le has dicho en tu carta). Si no puedes ponerte en contacto con cómo Jesús responde, escribe lo que más te mueve cuando hablas con Él o lo que más deseas que Él te diga en ese momento. Poco a poco notarás que hay menos de ti y más de Jesús en las respuestas.

Basado en el folleto Prayer Course for Healing Life’s Hurts, de Matthew Linn y Sheila Fabricant, 1983, The Missionary Society of St. Paul Apostle, NY.