la Madre de mi Señor…
Señor… esta noche vengo a Ti con tristeza en mi corazón… tristeza por Ti y por la forma en que algunos tratan a Tu Madre… duele ver cómo la desprecian… y luego dicen llamarse “discípulos” tuyos… te pido perdón en nombre de ellos, Señor…
Hace un rato me encontré con un artículo donde un hermano hablaba sobre la fiesta de la Asunción de la Virgen al Cielo que celebramos hace unos días… Es irónico como este hermano, bajo el pretexto de “aclarar” la posición evangélica y “denunciar” la doctrina católica, arremete contra la Virgen María… ¡cómo si ella tuviera la culpa de que creamos en cosas distintas!
¿Cómo es posible, Señor, que alguien diga amarte y sin embargo desprecie a la mujer que te dio tu ser? Porque tu eres Dios, pero quisiste nacer como hombre… de una mujer… Sin ella, sin su “sí”, no hubiera habido Redención… Claro que Tú hubieras podido hacerlo de otra forma… pero, sí eso fue lo que Tú quisiste, ¿quiénes somos nosotros para cuestionarlo?
Yo sé que muchos de ellos no lo hacen con mala intención… ¡eso es lo que les han enseñado!… pero pon en sus corazones un poco de caridad… no para con nosotros, los católicos, sino para con Ella… ¡Señor, es que acaso no se dan cuenta de que hablan de Tu Madre!… ¿tan ciegos están?… ¿tanto aborrecen a la Iglesia Católica que están dispuestos a injuriar a María – “la Madre de mi Señor”, como la llamó Isabel – con tal de lanzar lodo contra los católicos?…
No sé… tal vez me duele tanto porque Tú sabes el amor y el agradecimiento que le guardo por haberme llevado hasta Ti… Cómo decía San Luis María Grigñion de Montfort en su Tratado de la Verdadera Devoción, Ella es el camino más fácil, corto, perfecto y seguro para llegar hasta Ti…
¡Si ellos pudieran comprender
cuánto Tú la amas!
Señor, esa es la gracia que quiero pedirte para ellos esta noche… ilumina sus corazones y déjales conocer el amor inmenso que Tú guardas por María… que esta noche, al igual que el discípulo amado, ellos también la reciban como su Madre… y puedan acogerla en sus corazones…
Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.




