Mi buen Jesús… hoy pensaba en el día que llamaste a tus primeros discípulos… Lucas nos dice que ibas caminando por la orilla del lago de Genesaret cuando viste unas barcas y una multitud que se agolpaba para escuchar tu palabra… te subiste a una de ellas, la de Pedro… y desde allí predicabas la llegada del Reino… debe haber sido fascinante encontrarse contigo, perderse en tu mirada y escuchar tus palabras… ¡qué privilegio el de aquellos hombres!
Sigue diciendo Lucas que luego de predicar, le dijiste a los pescadores que remaran mar adentro y tiraran las redes para pescar… no habían pescado nada ese día… aún así, hicieron lo que Tú les dijiste… y cuán grande fue su sorpresa, ¡la red se llenó tanto que se rompía!… ¡imagínate, necesitaron dos barcas para sacar toda la pesca!
Pero de todo lo que pasó ese día, lo más que me sorprende es que ese suceso que podría parecernos “simple” a aquellos que no sabemos nada de pesca… fue un milagro grandioso antes los ojos de aquellos humildes pescadores… fue ahí, en lo simple y cotidiano de sus vidas, donde se encontraron con tu omnipotencia y sabiduría… y donde reconocieron su pequeñez ante tu majestad…
Señor mío… esta noche quiero pedirte que yo también pueda encontrarte en mi diario vivir… que pueda reconocer tu grandeza en cada suceso que me ocurra… que pueda ver tu mano providente guiando cada uno de mis pasos… que no deje de asombrarme nunca de que Tú hayas fijado tu mirada en un pobre pecador como yo… y que como Pedro, Andrés, Santiago y Juan, siempre esté dispuesto para seguirte a donde Tú quieras llevarme…
Buenas noches…
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